¿Quién es la luz del mundo? ¿Es Jesús o somos nosotros? Si leemos los evangelios de manera superficial nos pudiera confundir esta pregunta. En la Aclamación del Evangelio (el Aleluya) oímos lo que Jesús dice en el evangelio de Juan, “Yo soy la luz del mundo. El que me sigue no andará en tinieblas, sino que tendrá la luz de la Vida (Jn. 8, 12). Pero en el evangelio de San Mateo, Jesús dice a sus discípulos, “Ustedes son la luz del mundo. No se puede ocultar una ciudad situada en la cima de una montaña. (Mt 5:14).
¿Es una contradicción decir que Jesús y también sus discípulos son la luz del mundo? Parece verdad que solo puede haber una Luz del Mundo. Jesús no dijo “Yo soy una luz del mundo.” ni tampoco, “ustedes son unas luces del mundo.” Él proclama La Luz. Puesto que la Biblia es la palabra inspirada de Dios y no puede errar en respeto a una verdad tan importante, tiene que haber una manera en que Cristo y también sus discípulos sean una sola la luz del mundo.
Sin duda, Jesucristo por su naturaleza divina como el Hijo de Dios, es la luz. Por eso, el Credo profesa que es “Dios de Dios, Luz de Luz.” ¿Entonces, cómo podemos nosotros llegar a ser la luz? La Primera Carta de Juan dice que, “La noticia que hemos oído de Él y que nosotros les anunciamos, es esta: Dios es luz, y en Él no hay tinieblas. Si decimos que estamos en comunión con Él y caminamos en las tinieblas, mentimos y no procedemos conforme a la verdad. Pero si caminamos en la luz, como el mismo está en la luz, estamos en comunión unos con otros, y la sangre de su Hijo Jesús nos purifica de todo pecado.” (1 Jn. 1, 5-7). Mientras permanecemos en pecado quedamos en oscuridad por estar separados de Dios que es luz. Si caminamos en la luz de Cristo él nos afianza en su amistad, nos da communion unos con los otros en su luz y nos lava todos nuestros pecados en su sangre.
Una vez purificados del pecado formamos parte de la luz, pues ya se venció la oscuridad que nos separaba de Dios. “Antes, ustedes eran tinieblas, pero ahora son luz en el Señor. Vivan como hijos de la luz. Ahora bien, el fruto de la luz es la bondad, la justicia y la verdad.” (Ef. 5, 8-9). Sin embargo, Jesús nos advierte a no presumir ingenuamente tener este don.
Ya no podemos caminar en la oscuridad. No debemos volver a vivir en pecado por riesgo de perder la luz y dejar de estar en communion con ella.
Volver al pecado después de haber sido iluminado por Cristo es ser como la sal que pierde su sabor o como lámpara escondida bajo una olla. Jesús dice que “Ya no sirve para nada.” (Mt. 5,13). Recuerda que Jesús no te está insultando, te está salvando. Cuando el médico dice que estoy sobrepesos yo sé que su intención no es hacerme sentir mal, sino hacerme saludable. Debemos interpretar las palabras de Jesús, usando el mismo principio, porque tienen el poder de darnos la vida eterna (ver a Jn 6, 68). Tomemos en cuenta el poder asombroso que tiene el llamado de Cristo a cada uno de nosotros.
No nos llamó a ser cristianos que “no sirven para nada,” que se quedan en la oscuridad. Nos llamó a ser la luz del mundo, una ciudad radiante en la cima de un monte que brilla con la luz de Cristo para que todos la vean y den gloria a Dios. Nuestras buenas obras, echas en Cristo, hacen visible su luz en un mundo oscuro. Por eso debemos esforzarnos por ser “irreprochables y puros, hijos de Dios sin mancha, en medio de una generación extraviada y pervertida, dentro de la cual ustedes brillan como haces de luz en el mundo.” (Fil 2,15).
Quizás, como yo, están muy conscientes de su propio pecado y oscuridad. ¿Qué debemos hacer? ¡Traerlo a La Luz! “No participen de las obras estériles de las tinieblas; al contrario, pónganlas en evidencia… cuando se las pone de manifiesto, aparecen iluminadas por la luz, porque todo lo que se pone de manifiesto es luz.” (ver a Ef. 5, 11-14). Llevemos nuestros pecados a Jesús en la confesión pues al confesarlos los exponemos a la luz. Nuestra oscuridad se hará clara y se transformará en luz. Entonces seremos restaurados a la luz y podremos oír que Jesús nos dice nuevamente, “Brille la luz de ustedes.” (Mt. 5, 16).

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